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sábado, 14 de mayo de 2016

EL AHORRISTA, RECALCULANDO

Después de varios años de obsesión colectiva, actualmente el ahorro en dólares no es visto como lo más conveniente. Las tasas altísimas en pesos que instauró el Banco Central después de la última devaluación le están ganando la pulseada a la divisa.

Del costo que estas tasas generan para el fisco, mejor no hablar. Del impacto negativo en la actividad económica, tampoco. El Gobierno promete un beneficio a mediano plazo. En el corto, varios sectores observan destrucción de empleo y consumo en baja.

El diagnóstico oficial es claro: mientras nuestras mentes permanezcan dolarizadas, la inflación será persistente y el peso no será considerado un medio de atesoramiento válido. Las ganancias y el ahorro seguirán calculándose, en última instancia, en billetes verdes.

La hipótesis que guía la política monetaria también es clara: los generosos intereses que ofrece el sistema financiero, acompañados por la estabilidad del tipo de cambio, debilitan al dólar, que terminará por perder su encanto en una economía rebosante de inversiones. La inflación será cosa del pasado y el peso recobrará su valor.

Bajo la excusa de atacar la inflación, en el pasado se ensayaron experimentos que, al cabo de los años, generaron endeudamiento, recesión y quiebras. Combinaron rigidez cambiaria con violentas transformaciones de la estructura económica para fomentar el ingreso de divisas a cualquier costo. Se garantizó la renta financiera sin establecer controles para desalentar fugas posteriores y sin crear incentivos para conducir el capital golondrina hacia la producción industrial y el desarrollo de servicios de calidad.

En la etapa actual, la política monetaria se ubica -como en aquellos tiempos- en el centro de la escena: es vista como una herramienta fundamental para retomar la senda del crecimiento. Sin embargo, no predominan las reglas estrictas sino la búsqueda de un equilibrio dictado por los principales actores del mercado cambiario, incluidos los bancos del Estado.

También hay bicicleta garantizada para los apostadores que combinan Lebacs con dólar futuro, aunque con el correr de los días esas ganancias aseguradas se fueron acotando.

Por otra parte, las autoridades no apuntan a dolarizar nuestras retinas. Por el contrario, nos invitan a pensar en el peso como una moneda que merece confianza. No es que haya un discurso nacional y popular pero sí cierta retórica desarrollista que se cuela en la cosmovisión liberal del Gobierno.

En lo que refiere a la estructura económica, hay un cambio en marcha que encuentra similitudes con los del pasado: se reducen o eliminan impuestos al capital, mientras el asalariado y el consumidor deben lidiar con altos tributos. El endeudamiento también está en la agenda, aunque en Hacienda prometen darle un destino productivo.

Desarrollo económico, precios competitivos y salarios bajos en dólares sirven para configurar un país de puertas abiertas al comercio internacional, los fondos de inversión y las multinacionales. Ese parece ser el norte de quienes hoy nos gobiernan.

CONFIGURANDO EL GPS

En este contexto, el sentido común del ahorrista le apunta a las tasas en pesos (Lebacs, plazos fijos y otros instrumentos). Si acepta el pronóstico oficial sobre una inflación que irá decreciendo, cuanto más largo sea el plazo pactado, mejor: se asegurará elevados intereses por un mayor período de tiempo.

Sin embargo, pese a que por ahora la realidad muestra lo contrario, ya hay quienes anticipan el fin de la era de los intereses por las nubes. Advierten que el Banco Central no los puede mantener mucho tiempo más. De otro modo, terminará matando al perro en su combate a la rabia.

En esta batalla contra la dolarización de los ahorros y el alza de precios, se corre el riesgo de generar una recesión de alto costo político. Las tasas altas constituyen un obstáculo para las inversiones en la economía real:

¿Qué sentido tiene arriesgar dinero en un emprendimiento si se puede obtener una renta superior al 30% anual comprando una letra del Banco Central o depositando el dinero en el banco? ¿O para qué tomar un préstamo con intereses elevadísimos si corro el riesgo de no poder pagarlo?

Volvamos al ahorrista: el adiós a la era de tasas generosas parece cercano y promete una suba tenue del dólar y, sobre todo, un repunte de las cotizaciones en la Bolsa. Con un mercado de cambios equilibrado y una economía con signos de reactivación, las empresas saldrán a tomar deuda en el exterior, mejorarán sus perfiles financieros gracias al acceso al crédito internacional y prometerán inversiones en la economía real, que así se tornará más competitiva. Es el mapa que trazan los optimistas de la City.

En este escenario de buenos augurios, el ahorrista debe saber que todo modelo económico tiene sectores ganadores y perdedores (y que todo gobierno tiene empresarios amigos que se beneficiarán más que el resto). Quien no quiera perder el tren de las ganancias, deberá saber identificarlos.

Es una suerte de “si no puedes con tu enemigo, únete a él”. Aggiornando el consejo maquiavélico, podemos sostener: “si no puedes con el empresario monopólico, compra acciones de su compañía”. No es una salida colectiva, es un consuelo individual. La ética no juega este partido…

Hablemos con ejemplos concretos: la acción del Grupo Caputo, cuyo titular es Nicolás Caputo, amigo íntimo del presidente de la Nación, pasó de cotizar en la Bolsa a 5,60 pesos en septiembre del año pasado a 28 pesos dos meses después, cuando Mauricio Macri fue electo presidente.

Hoy CAPU se negocia a $ 23, un 360% más que hace ocho meses. El precio se sostiene gracias a datos como el que publicó el diario El Cronista allá por marzo: en apenas cinco días, la constructora se preadjudicó licitaciones por más de 280 millones depesos en la Ciudad de Buenos Aires.

Mirando hacia adelante, una evolución también alcista puede vaticinarse para Pampa Energía (PAMP), el grupo económico encabezado por Marcelo Mindlin, quien en lo que va del año supo prometer inversiones millonarias en el sector, respaldar la postura del Gobierno en discusiones acaloradas como la que rodea al proyecto opositor de emergencia ocupacional, adquirir la mayoría de los activos de Petrobras Argentina y vender parte de dos yacimientos a YPF.

Seguramente, los Mindlin celebrarán la decisión del Gobierno de licitar el desarrollo de proyectos de energíarenovable e incentivar la inversión en hidrocarburos. Difícil no imaginarlos ganadores del nuevo modelo, porque si estos no son empresarios amigos, ¿los amigos dónde están?



sábado, 21 de noviembre de 2015

BALOTAJE Y DESPUÉS…

Está todo listo para la segunda vuelta electoral, la primera de la historia argentina. Las encuestadoras dicen que el balotaje está definido. Después de tanto pifie en la primera vuelta, conviene dudar. Errar es humano…

Ya vimos el debate: dos políticos de carrera tardía, sin escuela ni pasta, se trenzaron en un diálogo de sordos donde uno no escuchaba al otro y el otro se quejaba porque el primero no respondía a sus preguntas, aunque, a su turno, él tampoco respondió.

Primero sentí desazón. Imaginé el país en manos de gente poco preparada y el sueño de un modelo superador que resuelva las falencias del presente se esfumó, porque ni a lo largo de la campaña ni en 85 minutos de aire fueron capaces de esbozar un plan económicamente sustentable que prometa crecimiento y desarrollo social.

Más tarde, la desazón dio paso al enojo. Las repercusiones del debate me llevaron a pensar que muchos argentinos ven a las elecciones como una oportunidad para afianzar sus posturas y prejuicios antes que para progresar como nación.

Tanto entre quienes se sienten ganadores con una eventual victoria de Mauricio Macri como entre quienes hablan de una derrota para el país y encienden alarmas por doquier, abunda el “yo te dije”.

A los orgullosos del “yo te dije que era posible un cambio” es válido preguntarles qué cambio consideran que propone Macri.

Por lo que soy capaz de interpretar del candidato de Cambiemos y sus asesores económicos, su gobierno no apuntará a corregir los déficits del actual modelo sino a transformarlo desde la raíz.

Se pretende eliminar impuestos a diestra y siniestra en lugar de modificar el sistema tributario para hacerlo realmente progresivo.

En lugar de reducir la carga del IVA y fijar un impuesto a la renta financiera, por ejemplo, se habla de eliminar aportes patronales para fomentar el primer empleo de los jóvenes o de abandonar el sistema de retenciones a las exportaciones agropecuarias.

Los recursos perdidos por los impuestos eliminados surgirían del financiamiento externo, que, por supuesto, no será gratuito.

Macri habló de confianza. Dijo que las inversiones llegarán siempre “que se le diga la verdad a la gente”, en clara alusión a los dibujos del INDEC. Demasiado pobre el argumento para aceptarlo sin más…

Hubiera preferido, dentro del léxico liberal, que citara la palabra certidumbre a la hora de cuestionar la política económica actual.

La falta de transparencia y de medidas duraderas en el mercado de divisas y el cambio de reglas constante que viene imponiendo la AFIP en materia impositiva atentan contra los planes de inversión privada de largo plazo.

Los economistas de Cambiemos lo saben, aunque me temo que los desórdenes actuales les servirán de excusa para tomar medidas a las que calificarán de “inevitables”, como generar un shock devaluatorio que lleve el dólar hasta ese “precio único” que mencionó Macri.

Antes, es de esperar les permitan a las aseguradoras redolarizar sus carteras mediante la compra de bonos que hoy están obligadas a vender por orden del Banco Central. También los bancos se sumarán a la movida. No sea cosa que pierdan dinero con la devaluación…

Nadie dice que sea fácil revertir el creciente desequilibrio fiscal, incrementar las alicaídas reservas, reducir las elevadas tasas que se pagan actualmente por la deuda y moderar la emisión de pesos, pero está claro que el camino más corto no será el mejor para la mayoría.

La marcada devaluación del peso y la exención de impuestos para las empresas atraerían –de acuerdo con la teoría- inversiones financieras y productivas en dólares -alimentando así las reservas-, aunque a costa de un recorte de los salarios medidos en moneda extranjera y de un mayor endeudamiento, lo que se traduciría en un creciente poder de acreedores como el FMI y el Banco Mundial.

Para muchos analistas, la comparación con los ’90 es inmediata, aunque hay por lo menos cuatro diferencias que no podemos ignorar:

  • Macri está identificado desde el vamos con el liberalismo conservador y no con el peronismo como lo estaba Menem. Esto lo tiene en claro el capital financiero más concentrado, que seguramente lo auxiliará.
  • No carga sobre sus espaldas con el fantasma de una hiperinflación, por lo que el desequilibrio monetario luce gobernable.
  • No se espera que, una vez concretada la devaluación, establezca una paridad peso dólar fija como la que regía durante la Convertibilidad. Por lo tanto, una vez clarificado el panorama, contará con las herramientas habituales para administrar el tipo de cambio y evitar un rojo creciente en la balanza comercial.
  • Más allá de las últimas colocaciones de bonos a tasas elevadas, el nivel de deuda en dólares es bajo en relación con el PBI, sobre todo si se compara con el resto del mundo. Hoy el volumen de la deuda no es un problema si se engrosan rápidamente las reservas.

En consecuencia, si bien resulta tentadora la comparación, difícilmente sea acertada. Quizá debamos imaginar un modelo neoliberal aggiornado con objetivos menos ambiciosos que los perseguidos durante la década dorada del Consenso de Washington.

En la otra vereda, nos encontramos con el “yo te dije que te equivocabas”. Son muchos electores contrarios a las ideas de Macri, quienes, ante un eventual triunfo de Cambiemos, esperan que se vayan cumpliendo sus pronósticos agoreros.

En el fondo, no les termina de agradar Daniel Scioli y especulan con un gobierno de derecha que asuma el poder y luego fracase. De esta forma, conservarían el orgullo de quienes se creen dueños de la verdad. Un sciolista me dijo: “Son necios que no saben lo que dicen”.

Ahora, una hipótesis no necesariamente original pero sí jugada: El mensaje anti Scioli viene de arriba. Es una postura compartida por sectores del gobierno nacional que se ven más cómodos en la vereda opositora a partir del 10 de diciembre que debiendo acompañar críticamente a un presidente peronista.

Obviemos las críticas internas que debió soportar el gobernador bonaerense durante la campaña. También, las medidas antipopulares decretadas recientemente, como las trabas a la compra de divisas para turismo. 

Nos basta con repasar la política económica de los últimos meses, que incluyó un aumento de las emisiones de bonos, una gigantesca impresión de billetes y una caída de las reservas, utilizadas para frenar al dólar y para saldar deudas.

Son prácticas que, en conjunto, reducen el margen de maniobra a futuro y crean un terreno fértil para que el próximo gobierno siembre las semillas neoliberales del endeudamiento en dólares, el ajuste del gasto público y las privatizaciones de empresas públicas; esas mismas semillas que el kirchnerismo sabrá criticar.


“Qué mejor que Macri ponga en práctica esas medidas y qué mejor que fracasen”, sostienen por lo bajo. De tomarlas Scioli, aunque sea en forma moderada, el Frente para la Victoria se verá en una encrucijada. Lo más sencillo es evitarla. Ahora, a votar.