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viernes, 1 de mayo de 2015

BONAR 24: ¿SE TERMINÓ EL CICLO DEL DESENDEUDAMIENTO?

La nueva emisión de los bonos Bonar con vencimiento en el año 2024 generó, como casi todas las acciones del gobierno nacional, aplausos y críticas.

Aplausos, porque Argentina realizó una emisión de deuda en dólares que le permitió alimentar sus reservas y erosionar el poder de los agentes que especulan con un alza de la divisa en el mercado paralelo. Y porque lo hizo a pesar de las piedras que arroja en el camino el juez Thomas Griesa.

Críticas, porque la tasa que se pagó es alta, más allá de que se encuentre por debajo de los dos dígitos. Para muestra, basta un botón: un bono similar emitido por Uruguay paga en el mercado internacional un interés apenas superior al 3% anual, contra el 8,95% que ofreció el Estado argentino.

Nuevamente se escuchan aplausos cuando se difunden, extraoficialmente, detalles de la colocación: la mayoría de los compradores de Bonar fueron fondos de inversión europeos. Las tasas altas son muy atractivas, pero no alcanzan para convencer a los banqueros del Viejo Continente, que miran de reojo a Griesa y los buitres. Detrás de la demanda de bonos –puede suponerse- hay acuerdos políticos para combatir a los sectores más nocivos del capital financiero con ayuda de los capitalistas amigos, que así vuelven a ejercer una influencia potencialmente peligrosa.

Lo cierto es que más allá de los elogios y los reproches, la primera pregunta que surge es si la nueva emisión de Bonar terminará siendo nociva o positiva para la Argentina en términos financieros.

La demanda de los bonos, que triplicó la oferta original, permite prever más colocaciones en un futuro próximo, en especial si se observa que la cotización de los Bonar subió en los días posteriores a la emisión, lo que se traduce en una reducción –por ahora muy leve- de las tasas de interés que está dispuesto a aceptar el mercado.

Sin embargo, resulta difícil creer que las autoridades del Palacio de Hacienda repitan la maniobra si no necesitan dólares con urgencia. Nadie con buenas intenciones endeuda a un país a tasas altas sólo para enrostrarle a los buitres que sus ataques no le impiden emitir de deuda en los mercados.

Además, nuevas colocaciones bajo las mismas condiciones podrían ser contraproducentes: en momentos en que los fondos de inversión internacionales comienzan a depositar su confianza en el país, más emisiones con intereses que duplican el promedio de la región hablarían de una desesperación por los dólares que podrían atentar contra la nueva tendencia.

Entonces, ¿habrá nuevas emisiones de deuda antes de las elecciones? El tiempo lo dirá. El tiempo y las cotizaciones de los bonos argentinos en los mercados. Si los precios suben y las tasas bajan, habrá más chances de que se multipliquen las colocaciones en Buenos Aires y en los mercados del exterior donde la palabra de Griesa no es santa.

Sucede que para los administradores de fondos y los banqueros internacionales, cuanta más capacidad tenga un país de endeudarse a tasas bajas, más confiable será, siempre que no se superen límites todavía muy lejanos para el Estado argentino…

Y si nos preguntamos para qué realizar nuevas emisiones, la respuesta nos lleva a dos planos:

El primero es el de la continuidad de un proyecto de país que necesita fondos frescos para sostener sus políticas de impulso al desarrollo económico y al consumo interno sin prestar demasiada atención a los desequilibrios financieros en que ha caído.

El segundo es el electoral, donde operan tanto las inversiones económicas y sociales del Estado como los fondos que puedan destinarse a la pauta oficial y las campañas proselitistas.


Por lo pronto, el Bonar 24 introdujo un cambio en el discurso oficial, que parece olvidar su postura casi ortodoxa en contra del endeudamiento y omite que por los 1.400 millones de dólares recibidos se terminarán pagando, al cabo de diez años, 2.300 millones de dólares.  

jueves, 20 de noviembre de 2014

EL ERROR DE LAVAGNA, RECARGADO

Con el BONAD 2016, el Estado debutó en el mercado de los bonos “dollar linked”. Son  títulos de deuda que se emiten en pesos y cuyo valor nominal aumenta a medida que sube la cotización oficial del dólar. En el caso del BONAD, paga intereses cada seis meses y salda el capital al vencimiento, en octubre de 2016. 

La plaza local ya contaba con bonos en pesos atados al dólar: cuando el acceso al billete verde comenzó a limitarse, la Ciudad de Buenos Aires, Córdoba, Entre Ríos, Mendoza, Neuquén, Tucumán, Formosa y Chaco realizaron emisiones con vencimientos que llegan al año 2026.

En el caso de la Nación, se hizo hincapié en las especulaciones reinantes para justificar la emisión. Es necesario -explicaron desde Economía- reducir la demanda ilegal de dólares y generar inversiones en moneda local a través de un bono que ofrezca garantías ante una eventual depreciaciódel peso.   

Sin embargo, se trata de un posible salvavidas de plomo para la política monetaria debido a que se generan intereses antagónicos entre la Nación los acreedores: en un primer momento, los grandes jugadores financieros destinarán recursos anuevo bono pero luego especularán con un alza del dólar que alimente esa inversión. 

El ejercicio mental siempre es bueno: todo inversor con BONAD en su cartera deseará que el dólar oficial suba para incrementar el valor nominal y la cotización del bono, por lo que no se ofenderá si en los medios y en la City se estimula una fiebre por la divisa en sus versiones formal e informal. En ese eventual escenariolos 8,62 pesos que pagaron originalmente por cada dólar virtual del BONAD subirán, presumiblemente, en forma proporcional a la cotización oficial del dólar en el mercado de cambios. 

Y si para las provincias que emitieron bonos “dollar linked” una devaluación significaría un perjuicio puesto que deberían utilizar más pesos para saldar sus deudas, para la Nación el impacto sería doble: por un lado, la obligaría a emitir más moneda a través del Banco Central para cumplir sus obligaciones en BONAD. Por el otro, pagaría el costo político de permitir una depreciación del peso frente al dólar y una probable disparada de precios. 

En los papeles, surge un tercer efecto no deseadoel de fomentar nuevas alianzas entre el sector agroexportador, siempre interesado en elevar la cotización del dólar, y el financiero, hábil para diseñar operaciones que permitan no sólo forzar devaluaciones sino también evadir al fisco y fugar divisas. 

Es en este sentido que el BONAD se emparenta con el error que cometió Roberto Lavagna cuando encabezó, como ministro de Economía, la emisión de los bonos atados a la inflación para conseguir más adhesiones al primer canje de la deuda en default, que tuvo lugar en 2005. 

El efecto negativo se reflejó en el lobby que realizaron tiempo después los bancos, las AFJP y otros grandes inversores a través de los medios, desde cuyas tribunas criticaron con vehemencia al INDEC por ocultar en sus estadísticas la creciente inflación.  

En términos políticos, aquella fue una mala jugada: se generó en el sector financiero un interés contrario a los de la Nación. Y en términos económicos, se ingresó en un círculo vicioso: la suba de precios obligaba al Estado a emitir más pesos para saldar su deuda indexada, lo que a su vez potenciaba los aumentos en góndolas y vidrieras 

Con el BONAD, una eventual suba del dólar operaría de la misma manera, con mayor emisión de pesos frente a una cantidad acotada de divisas, una fórmula a todas luces dañina para la economía.