sábado, 14 de mayo de 2016

EL AHORRISTA, RECALCULANDO

Después de varios años de obsesión colectiva, actualmente el ahorro en dólares no es visto como lo más conveniente. Las tasas altísimas en pesos que instauró el Banco Central después de la última devaluación le están ganando la pulseada a la divisa.

Del costo que estas tasas generan para el fisco, mejor no hablar. Del impacto negativo en la actividad económica, tampoco. El Gobierno promete un beneficio a mediano plazo. En el corto, varios sectores observan destrucción de empleo y consumo en baja.

El diagnóstico oficial es claro: mientras nuestras mentes permanezcan dolarizadas, la inflación será persistente y el peso no será considerado un medio de atesoramiento válido. Las ganancias y el ahorro seguirán calculándose, en última instancia, en billetes verdes.

La hipótesis que guía la política monetaria también es clara: los generosos intereses que ofrece el sistema financiero, acompañados por la estabilidad del tipo de cambio, debilitan al dólar, que terminará por perder su encanto en una economía rebosante de inversiones. La inflación será cosa del pasado y el peso recobrará su valor.

Bajo la excusa de atacar la inflación, en el pasado se ensayaron experimentos que, al cabo de los años, generaron endeudamiento, recesión y quiebras. Combinaron rigidez cambiaria con violentas transformaciones de la estructura económica para fomentar el ingreso de divisas a cualquier costo. Se garantizó la renta financiera sin establecer controles para desalentar fugas posteriores y sin crear incentivos para conducir el capital golondrina hacia la producción industrial y el desarrollo de servicios de calidad.

En la etapa actual, la política monetaria se ubica -como en aquellos tiempos- en el centro de la escena: es vista como una herramienta fundamental para retomar la senda del crecimiento. Sin embargo, no predominan las reglas estrictas sino la búsqueda de un equilibrio dictado por los principales actores del mercado cambiario, incluidos los bancos del Estado.

También hay bicicleta garantizada para los apostadores que combinan Lebacs con dólar futuro, aunque con el correr de los días esas ganancias aseguradas se fueron acotando.

Por otra parte, las autoridades no apuntan a dolarizar nuestras retinas. Por el contrario, nos invitan a pensar en el peso como una moneda que merece confianza. No es que haya un discurso nacional y popular pero sí cierta retórica desarrollista que se cuela en la cosmovisión liberal del Gobierno.

En lo que refiere a la estructura económica, hay un cambio en marcha que encuentra similitudes con los del pasado: se reducen o eliminan impuestos al capital, mientras el asalariado y el consumidor deben lidiar con altos tributos. El endeudamiento también está en la agenda, aunque en Hacienda prometen darle un destino productivo.

Desarrollo económico, precios competitivos y salarios bajos en dólares sirven para configurar un país de puertas abiertas al comercio internacional, los fondos de inversión y las multinacionales. Ese parece ser el norte de quienes hoy nos gobiernan.

CONFIGURANDO EL GPS

En este contexto, el sentido común del ahorrista le apunta a las tasas en pesos (Lebacs, plazos fijos y otros instrumentos). Si acepta el pronóstico oficial sobre una inflación que irá decreciendo, cuanto más largo sea el plazo pactado, mejor: se asegurará elevados intereses por un mayor período de tiempo.

Sin embargo, pese a que por ahora la realidad muestra lo contrario, ya hay quienes anticipan el fin de la era de los intereses por las nubes. Advierten que el Banco Central no los puede mantener mucho tiempo más. De otro modo, terminará matando al perro en su combate a la rabia.

En esta batalla contra la dolarización de los ahorros y el alza de precios, se corre el riesgo de generar una recesión de alto costo político. Las tasas altas constituyen un obstáculo para las inversiones en la economía real:

¿Qué sentido tiene arriesgar dinero en un emprendimiento si se puede obtener una renta superior al 30% anual comprando una letra del Banco Central o depositando el dinero en el banco? ¿O para qué tomar un préstamo con intereses elevadísimos si corro el riesgo de no poder pagarlo?

Volvamos al ahorrista: el adiós a la era de tasas generosas parece cercano y promete una suba tenue del dólar y, sobre todo, un repunte de las cotizaciones en la Bolsa. Con un mercado de cambios equilibrado y una economía con signos de reactivación, las empresas saldrán a tomar deuda en el exterior, mejorarán sus perfiles financieros gracias al acceso al crédito internacional y prometerán inversiones en la economía real, que así se tornará más competitiva. Es el mapa que trazan los optimistas de la City.

En este escenario de buenos augurios, el ahorrista debe saber que todo modelo económico tiene sectores ganadores y perdedores (y que todo gobierno tiene empresarios amigos que se beneficiarán más que el resto). Quien no quiera perder el tren de las ganancias, deberá saber identificarlos.

Es una suerte de “si no puedes con tu enemigo, únete a él”. Aggiornando el consejo maquiavélico, podemos sostener: “si no puedes con el empresario monopólico, compra acciones de su compañía”. No es una salida colectiva, es un consuelo individual. La ética no juega este partido…

Hablemos con ejemplos concretos: la acción del Grupo Caputo, cuyo titular es Nicolás Caputo, amigo íntimo del presidente de la Nación, pasó de cotizar en la Bolsa a 5,60 pesos en septiembre del año pasado a 28 pesos dos meses después, cuando Mauricio Macri fue electo presidente.

Hoy CAPU se negocia a $ 23, un 360% más que hace ocho meses. El precio se sostiene gracias a datos como el que publicó el diario El Cronista allá por marzo: en apenas cinco días, la constructora se preadjudicó licitaciones por más de 280 millones depesos en la Ciudad de Buenos Aires.

Mirando hacia adelante, una evolución también alcista puede vaticinarse para Pampa Energía (PAMP), el grupo económico encabezado por Marcelo Mindlin, quien en lo que va del año supo prometer inversiones millonarias en el sector, respaldar la postura del Gobierno en discusiones acaloradas como la que rodea al proyecto opositor de emergencia ocupacional, adquirir la mayoría de los activos de Petrobras Argentina y vender parte de dos yacimientos a YPF.

Seguramente, los Mindlin celebrarán la decisión del Gobierno de licitar el desarrollo de proyectos de energíarenovable e incentivar la inversión en hidrocarburos. Difícil no imaginarlos ganadores del nuevo modelo, porque si estos no son empresarios amigos, ¿los amigos dónde están?



lunes, 14 de marzo de 2016

SALARIOS: DESMENUZANDO EL RELATO

Podrá haber crisis sistémicas, podrán derrumbarse los precios del petróleo y otras materias primas, podrán quebrar los Estados más endeudados de Europa y multiplicarse las guerras en Medio Oriente, pero el mundo seguirá girando, iluminado por el faro de los grandes fondos de inversión y las multinacionales. Para estar en el camino correcto y captar dólares, mejor seguir su luz, piensan en la Casa Rosada.

Bajo el amparo de esa premisa, el Gobierno busca garantizar las ganancias corporativas a costa del salario de los trabajadores. Sin mano de obra barata ni libre flujo del dinero, la Argentina no atraerá inversiones, indica la hipótesis oficial.

De lo contrario, ¿cómo justificar el apuro en subir tarifas y peajes o en eliminar retenciones a sectores concentrados del campo cuando se le propone al Congreso demorar hasta un año la actualización de las escalas en el impuesto a las ganancias sobre los salarios?

¿O cómo explicar la pérdida de 3.300 millones de pesos anuales en beneficios impositivos a la industria minera con el presunto objetivo de crear empleos en el sector cuando las mismas autoridades no se estremecen ante la pérdida de más de 100.000 puestos de trabajo en apenas dos meses?

Por lo visto, el motor de la economía cambió. Se pasó de un ciclo de aliento al consumo con altos niveles de empleo registrado y no registrado, gasto y déficit fiscal en aumento, creciente emisión monetaria, suba de precios y salarios y uso de reservas para financiar al Estado, a otro ciclo donde, por un lado, se consiente a grandes empresas con una devaluación marcada que bajó los costos de producción en dólares y, por otro, se aspira a colocar deuda en el exterior para engrosar las arcas del Banco Central y disimular los efectos de la eliminación de impuestos sobre el capital.

Si aquel ciclo mostraba claras señales de agotamiento, el actual combina ortodoxia con falta de imaginación necesaria para iniciar una etapa fructuosa en la economía.

Este cambio requiere de un nuevo relato que legitime las medidas tomadas y por tomar. Su esencia queda al descubierto cuando de negociar salarios se trata:

Conocido es el principio de que los salarios suben por escalera y los precios, por ascensor. Refiere a velocidades, no a metas: mientras el costo de vida aumenta semana a semana, los sueldos se actualizan cada seis meses o un año. Durante ese período sin aumento en sus ingresos, el bolsillo del trabajador pierde poder de compra.

A la hora de poner límites a las paritarias, el relato oficial no sólo ignora esta diferencia de velocidades sino que además impone una regla novedosa: desde ahora los salarios deben negociarse pensando en la inflación futura y no en lo que sucedió el año anterior.

En consonancia con esta postura, luego de pronosticar que la suba de precios se desacelerará este año, el Gobierno fijó un techo del 30% en las negociaciones con los sindicatos. Para las autoridades, si la inflación no supera esa cifra, no habrá por qué sentarse a discutir nuevamente en el Ministerio de Trabajo.

Quienes debimos participar en paritarias hace ya una década, cuando comenzó el ciclo inflacionario que el INDEC intentó ocultar, sabemos que aquí no existe el dilema del huevo y la gallina. Primero fue el aumento de precios y luego, la discusión para actualizar los sueldos.

Hasta el momento, observando los acuerdos alcanzados, puede decirse que el nuevo relato ha triunfado en su propósito de obviar la inflación de 2015, que promedió el 31,6% en la provincia de San Luis, donde supuestamente se elabora un índice fiable.

El fantasma de los despidos fortalece la estrategia oficial. Como dijo el ministro Alfonso Prat-Gay, ¿cuántos gremios querrán arriesgar empleos en la pelea por los salarios?

martes, 12 de enero de 2016

EL PÉNDULO ARGENTINO

Sábado por la mañana en el bajo de Victoria. El calor del incipiente verano invitaba a una pausa en el fútbol de once con amigos. Mientras tomaba agua, uno de ellos me preguntó por el blog y por mi opinión sobre el nuevo gobierno.  Aquel sábado sentía que era temprano para opinar. Hoy el panorama es un poco más claro.

La devaluación brusca se concretó. Era la primera prueba de amor exigida por el empresariado más poderoso, que celebró con mesura medidas como la eliminación de retenciones o la liberación del mercado cambiario, mientras espera una suba aún mayor del dólar para cumplir su promesa de liquidar las cosechas retenidas o de convertir sus divisas en pesos y anunciar inversiones.

Ellos, los grandes hombres de negocios, miran el horizonte y se frotan las manos imaginando los cambios impositivos por venir, probablemente enfocados en elevar sus márgenes de ganancia.

Sin embargo, todo indica que deberán esperar: el Estado no se encuentra en condiciones de tomar nuevas medidas que impliquen resignar ingresos impositivos. Es que si bien la deuda es baja, el déficit fiscal es alto y las reservas siguen flacas.

En términos financieros, podríamos decir que el gobierno kirchnerista dejó como herencia un “estamos bien, pero vamos mal”.

Recién cuando se alcance un acuerdo con los fondos buitre, la emisión de deuda en el exterior se convertirá en un recurso accesible para la administración macrista. De esa forma, podrá reducir el peso de algunos impuestos y financiar parte de sus gastos con los dólares del mercado internacional. Por supuesto, se trata de una opción riesgosa, pero ese es otro cantar...

La segunda prueba de amor consistirá en mantener a raya los salarios, una misión difícil si se tiene en cuenta que venimos de años de inflación sostenida y negociaciones salariales que, a fuerza de costumbre, se convirtieron en ley.

Alguna vez me pregunté por qué a los sectores más conservadores les molesta tanto la inflación. Llegué a la conclusión algo simplista de que los irrita porque el aumento del costo de vida genera reclamos de actualización salarial y une a los empleados en sus demandas. 

En términos sociológicos, la suba de precios contribuye a crear conciencia de clase entre los trabajadores.
  
La contención de los salarios que propugna el Gobierno les permitiría a las empresas  locales y a las multinacionales reducir sus costos de producción medidos en dólares y aumentar sus beneficios, además de mejorar sus niveles de competitividad en una economía mundial invadida por artículos fabricados en países donde la mano de obra es realmente barata.

Si bien tantos años de paritarias han fortalecido la conciencia de clase a la hora de discutir salarios, existe una estrategia a la que las autoridades pueden apelar para contener los reclamos. Esa estrategia consiste en incrementar el desempleo.

Aunque ningún comportamiento social es lineal, el miedo a perder el empleo tiende a desalentar las actitudes desafiantes hacia aquel que puede decidir sobre nuestro futuro. Lo sabe bien el ministro de Hacienda y Finanzas, Alfonso Prat-Gay, quien advirtió a los gremios sobre el peligro de “arriesgar salarios a cambio de empleo”.

La lógica indica que la amenaza debe formularse de manera inversa: “arriesgar empleos a cambio de salario”, pero dejémoslo ahí…

En el mar de despidos masivos que se da dentro del Estado, la estrategia de incrementar la desocupación para desalentar reclamos salariales parece tomar forma.

Entre los despedidos hay trabajadores contratados que merecían una regularización, como también empleados con salarios elevados y tareas mínimas o inexistentes. Al parecer, no hubo tiempo de analizar la situación de cada uno.

Es una muestra de política laboral y para muestra, a veces, basta un botón. 

El movimiento pendular parece ser el que eligió, una vez más, nuestra querida Argentina. 

sábado, 21 de noviembre de 2015

BALOTAJE Y DESPUÉS…

Está todo listo para la segunda vuelta electoral, la primera de la historia argentina. Las encuestadoras dicen que el balotaje está definido. Después de tanto pifie en la primera vuelta, conviene dudar. Errar es humano…

Ya vimos el debate: dos políticos de carrera tardía, sin escuela ni pasta, se trenzaron en un diálogo de sordos donde uno no escuchaba al otro y el otro se quejaba porque el primero no respondía a sus preguntas, aunque, a su turno, él tampoco respondió.

Primero sentí desazón. Imaginé el país en manos de gente poco preparada y el sueño de un modelo superador que resuelva las falencias del presente se esfumó, porque ni a lo largo de la campaña ni en 85 minutos de aire fueron capaces de esbozar un plan económicamente sustentable que prometa crecimiento y desarrollo social.

Más tarde, la desazón dio paso al enojo. Las repercusiones del debate me llevaron a pensar que muchos argentinos ven a las elecciones como una oportunidad para afianzar sus posturas y prejuicios antes que para progresar como nación.

Tanto entre quienes se sienten ganadores con una eventual victoria de Mauricio Macri como entre quienes hablan de una derrota para el país y encienden alarmas por doquier, abunda el “yo te dije”.

A los orgullosos del “yo te dije que era posible un cambio” es válido preguntarles qué cambio consideran que propone Macri.

Por lo que soy capaz de interpretar del candidato de Cambiemos y sus asesores económicos, su gobierno no apuntará a corregir los déficits del actual modelo sino a transformarlo desde la raíz.

Se pretende eliminar impuestos a diestra y siniestra en lugar de modificar el sistema tributario para hacerlo realmente progresivo.

En lugar de reducir la carga del IVA y fijar un impuesto a la renta financiera, por ejemplo, se habla de eliminar aportes patronales para fomentar el primer empleo de los jóvenes o de abandonar el sistema de retenciones a las exportaciones agropecuarias.

Los recursos perdidos por los impuestos eliminados surgirían del financiamiento externo, que, por supuesto, no será gratuito.

Macri habló de confianza. Dijo que las inversiones llegarán siempre “que se le diga la verdad a la gente”, en clara alusión a los dibujos del INDEC. Demasiado pobre el argumento para aceptarlo sin más…

Hubiera preferido, dentro del léxico liberal, que citara la palabra certidumbre a la hora de cuestionar la política económica actual.

La falta de transparencia y de medidas duraderas en el mercado de divisas y el cambio de reglas constante que viene imponiendo la AFIP en materia impositiva atentan contra los planes de inversión privada de largo plazo.

Los economistas de Cambiemos lo saben, aunque me temo que los desórdenes actuales les servirán de excusa para tomar medidas a las que calificarán de “inevitables”, como generar un shock devaluatorio que lleve el dólar hasta ese “precio único” que mencionó Macri.

Antes, es de esperar les permitan a las aseguradoras redolarizar sus carteras mediante la compra de bonos que hoy están obligadas a vender por orden del Banco Central. También los bancos se sumarán a la movida. No sea cosa que pierdan dinero con la devaluación…

Nadie dice que sea fácil revertir el creciente desequilibrio fiscal, incrementar las alicaídas reservas, reducir las elevadas tasas que se pagan actualmente por la deuda y moderar la emisión de pesos, pero está claro que el camino más corto no será el mejor para la mayoría.

La marcada devaluación del peso y la exención de impuestos para las empresas atraerían –de acuerdo con la teoría- inversiones financieras y productivas en dólares -alimentando así las reservas-, aunque a costa de un recorte de los salarios medidos en moneda extranjera y de un mayor endeudamiento, lo que se traduciría en un creciente poder de acreedores como el FMI y el Banco Mundial.

Para muchos analistas, la comparación con los ’90 es inmediata, aunque hay por lo menos cuatro diferencias que no podemos ignorar:

  • Macri está identificado desde el vamos con el liberalismo conservador y no con el peronismo como lo estaba Menem. Esto lo tiene en claro el capital financiero más concentrado, que seguramente lo auxiliará.
  • No carga sobre sus espaldas con el fantasma de una hiperinflación, por lo que el desequilibrio monetario luce gobernable.
  • No se espera que, una vez concretada la devaluación, establezca una paridad peso dólar fija como la que regía durante la Convertibilidad. Por lo tanto, una vez clarificado el panorama, contará con las herramientas habituales para administrar el tipo de cambio y evitar un rojo creciente en la balanza comercial.
  • Más allá de las últimas colocaciones de bonos a tasas elevadas, el nivel de deuda en dólares es bajo en relación con el PBI, sobre todo si se compara con el resto del mundo. Hoy el volumen de la deuda no es un problema si se engrosan rápidamente las reservas.

En consecuencia, si bien resulta tentadora la comparación, difícilmente sea acertada. Quizá debamos imaginar un modelo neoliberal aggiornado con objetivos menos ambiciosos que los perseguidos durante la década dorada del Consenso de Washington.

En la otra vereda, nos encontramos con el “yo te dije que te equivocabas”. Son muchos electores contrarios a las ideas de Macri, quienes, ante un eventual triunfo de Cambiemos, esperan que se vayan cumpliendo sus pronósticos agoreros.

En el fondo, no les termina de agradar Daniel Scioli y especulan con un gobierno de derecha que asuma el poder y luego fracase. De esta forma, conservarían el orgullo de quienes se creen dueños de la verdad. Un sciolista me dijo: “Son necios que no saben lo que dicen”.

Ahora, una hipótesis no necesariamente original pero sí jugada: El mensaje anti Scioli viene de arriba. Es una postura compartida por sectores del gobierno nacional que se ven más cómodos en la vereda opositora a partir del 10 de diciembre que debiendo acompañar críticamente a un presidente peronista.

Obviemos las críticas internas que debió soportar el gobernador bonaerense durante la campaña. También, las medidas antipopulares decretadas recientemente, como las trabas a la compra de divisas para turismo. 

Nos basta con repasar la política económica de los últimos meses, que incluyó un aumento de las emisiones de bonos, una gigantesca impresión de billetes y una caída de las reservas, utilizadas para frenar al dólar y para saldar deudas.

Son prácticas que, en conjunto, reducen el margen de maniobra a futuro y crean un terreno fértil para que el próximo gobierno siembre las semillas neoliberales del endeudamiento en dólares, el ajuste del gasto público y las privatizaciones de empresas públicas; esas mismas semillas que el kirchnerismo sabrá criticar.


“Qué mejor que Macri ponga en práctica esas medidas y qué mejor que fracasen”, sostienen por lo bajo. De tomarlas Scioli, aunque sea en forma moderada, el Frente para la Victoria se verá en una encrucijada. Lo más sencillo es evitarla. Ahora, a votar.

viernes, 11 de septiembre de 2015

RECUPERAR DÓLARES, EL DESAFÍO

Sabido es que en nuestras tierras se oculta una gran cantidad de dólares en billetes. Los primeros cálculos, realizados en 2006 por la Reserva Federal, hablaban de US$ 1.300 promedio por habitante, aunque esa cifra fue cuestionada recientemente y los especialistas prefieren limitarse a sostener que, fuera de Estados Unidos, estamos en el podio de tenedores de cash verde junto con Rusia y China, dos economías gigantescas en comparación con la argentina.

La ubicación de privilegio en el ránking de ahorristas dolarizados da cuenta de una conducta que no puede enorgullecernos y que, más temprano que tarde, habrá que erradicar.

Como humanos, tendemos a naturalizar las situaciones buenas y malas que se repiten a diario. Es, tal vez, una forma de adaptarnos al contexto para que la vida nos resulte menos dolorosa. En este sentido, debemos saber que la tendencia a dolarizar los ahorros no existe desde siempre. A propósito de mi artículo “De Suiza a Estados Unidos: la nueva fuga de capitales argentinos”, meses atrás mantuve un diálogo muy enriquecedor con el ingeniero e historiador Israel “Cacho” Lotersztain.

Recordaba él que en los avisos clasificados de Clarín y La Nación, la venta de propiedades figuraba en moneda local hasta junio de 1975, cuando comenzaron las publicaciones en dólares. Su conclusión -simplificada en esta cita- era que el Rodrigazo provocó devaluación e inflación, por un lado, y atentó contra la confianza en la moneda y las instituciones, por el otro.       

CONFIANZA EN LA MONEDA

Ese diálogo despertó en mí el deseo de ampliar la mirada sobre el tema “dólar”. Desde que me adentré en el mundo de las ciencias a través de la sociología, comprendí que uno puede simpatizar con una escuela teórica, pero no por ello creer que esa escuela será capaz de explicar todas las problemáticas y que no necesita del resto para construir conocimiento.

El concepto de confianza, mencionado por Cacho, refiere a la creencia de que el otro, ante una situación o en un escenario determinado, actuará de una manera que nos beneficiará o al menos nos agradará.

Su abuso por parte de los medios y de economistas de perfil conservador -que suelen utilizarlo para deslegitimar a gobiernos que no son de su gusto- me distanció del concepto. No obstante, en tiempos de cambio de autoridades, creo que se trata de un término fundamental para incorporar al campo de la acción política.

La confianza juega un papel importante en muchas decisiones económicas. Perdón por la autorreferencia: el día que logre el ansiado cambio de horario laboral, me convendrá vender el auto que uso de madrugada para ir al trabajo y tomar el tren. ¿Pero confío en que el próximo gobierno brindará un buen servicio y evitará conflictos con los trabajadores ferroviarios?

¿O acaso las disputas políticas servirán de excusa una vez más para embarrar la cancha y me toparé en el andén con un cartel como el que semanas atrás me impidió cruzar las vías del Mitre?



Con el dólar pasa algo semejante. Tiene razón el titular del Banco Central, Alejandro Vanoli, cuando destaca que nuestro nivel de deuda en moneda estadounidense es bajo con relación al PBI, pero esa verdad convive con otras dos del mismo tenor: nos está resultando muy complicado y muy caro conseguir divisas para fortalecer las reservas y para colmo el flujo es negativo, con muchos dólares que escapan a diario del sistema.

Hablando de esas verdades, hace unos días escuché a Carlos Burgueño advertir en radio La Red que son cada vez menos los “dólares genuinos” que genera la economía argentina. Se refería concretamente a la caída del superávit comercial, que en julio se redujo 75% respecto de un año atrás hasta los 204 millones de dólares.

Desde el INDEC explicaron el fenómeno a partir del derrumbe de los precios internacionales de las materias primas. Lo cierto es que la tendencia es tan negativa como firme: en los primeros siete meses de 2015, el superávit en el comercio con el mundo fue de 1.437 millones de dólares, apenas un tercio de lo conseguido entre enero y julio de 2014, cuando el saldo positivo trepó a 4.141 millones.



Suponiendo que esa tendencia no podrá revertirse en el corto plazo, debemos pensar en otras formas genuinas de conseguir dólares, porque las hay.

No hablo de inversiones financieras del Estado que generen ganancias en el exterior. Tampoco, de ingresos por turismo (hoy deficitario) ni de reformas impositivas que fijen el pago de tributos en dólares para quienes, por ejemplo, declaren tenencias en esa moneda.

Me refiero, puntualmente, a los dólares en fuga y los ya fugados del sistema.

Sólo con fines de ahorro, las compras de dólares superaron entre enero y agosto los 4.200 millones. De ese total, más del 90% fue retirado de los bancos.



Si algo se puede deducir del gráfico es que el billete verde goza de la preferencia de buena parte de los ahorristas, con funcionarios nacionales que niegan el peso del mercado paralelo, candidatos a presidente que prometen devaluar y grupos económicos que alientan desde sus medios la suba del oficial pensando en obtener superganancias con sus divisas.

Detener la sangría y recuperar los dólares guardados en el colchón o depositados en el exterior es definitivamente una manera genuina de abastecer las escasas reservas actuales. Posiblemente, la más efectiva en el corto plazo.

Si se lograra repatriar apenas un 10% de las divisas fugadas, los ingresos para el Banco Central rondarían los 40.000 millones de dólares. En ese campo es donde entra a jugar la confianza.

UN PROGRAMA DE LARGO PLAZO

En los últimos años las medidas de repatriación de capitales declarados y no declarados fracasaron. Fueron iniciativas acotadas a muy pocos instrumentos de inversión. No se ofreció un abanico amplio de opciones que permitieran reincorporar esos capitales al sistema financiero. Para colmo, el secreto bancario que impera en el mundo protege a los miles de evasores argentinos de las garras del fisco. Sin castigo a la vista, el temor de los infractores desaparece.

Además, las medidas partieron de un gobierno que restringió el acceso al dólar sin reconocerlo públicamente y modificó las reglas sobre la marcha, generando rechazo e incertidumbre entre los actores económicos a los que se pretendía seducir.

Desde la otra vereda (el macrismo), se pretende alentar la repatriación a partir de una marcada devaluación del peso y de una gigantesca transferencia de riqueza hacia los sectores hoy dolarizados. En el fondo, no se trata de una iniciativa pensada para brindar certidumbre a los potenciales inversores. Se pretende ofrecer un negocio de corto plazo que, como el Rodrigazo, con el tiempo terminará exacerbando la cultura del sálvese quien pueda, especialmente si tiene verdes en la mano.

Las condiciones atractivas para combatir el impulso a la dolarización no pueden pasar por ofrecer mayores rendimientos que el resto de los países (algo absolutamente pernicioso) sino por una garantía suprapartidaria de que se trabajará para fortalecer la moneda local y las reservas del Banco Central y que se respetarán los contratos en todos sus detalles, incluida la elaboración de los índices de inflación, salarios y tasas de interés que indexan a muchos bonos de la deuda. Lo sabemos: el dibujo de las estadísticas es una estafa que no se olvida fácilmente…

Dentro de ese pacto, debería incluirse un acuerdo marco para el desarrollo de un mercado de capitales regulado y transparente que acerque los distintos instrumentos de inversión al público, de modo que sea tan sencillo comprar bonos y acciones como constituir un plazo fijo. También, multiplicarse las opciones de inversión en pesos para vincularlas directamente con la industria y el agro.

En la antesala de las elecciones, a modo de puntapié, los principales candidatos, en lugar de pedir fe y esperanza al pueblo o inflar globos amarillos, deberían hacer pública una plataforma con las medidas económicas a tomar en caso de llegar a la presidencia.

Si las cumplen y son acertadas, generarán confianza. Si no, perderán legitimidad. Menos marketing político y más definiciones programáticas.

¿Es utópico el planteo? Prefiero pensar que es tan simple como necesario.

lunes, 27 de julio de 2015

DEVALUAR O NO DEVALUAR, ¿ESA ES LA CUESTIÓN? (EN HOMENAJE A JULIO NUDLER, A 10 AÑOS DE SU MUERTE)

* Para sus lectores y quienes quieran conocerlo: este post incluye, al finalizar el artículo, una nota suya sobre el tema de la devaluación, dos entrevistas con definiciones muy interesantes acerca del periodismo y la política y links a algunos de sus últimos artículos, que, por distintas razones, siguen vigentes.


Las elecciones se aproximan y el debate brilla por su ausencia. Ante los medios, los candidatos evitan hablar de las medidas que tomarán o explicar cómo las implementarán y prefieren criticar a sus oponentes por el camino que, se supone, elegirán en caso de ganar.

No obstante, de ese mar de críticas se pueden extraer definiciones interesantes sobre temas que preocupan a la sociedad.

Uno de esos temas es el tipo de cambio.

En líneas generales, para los candidatos más conservadores resulta indispensable devaluar el peso para mejorar la competitividad de la economía. Para los progresistas, debe evitarse una suba del dólar que dispare los precios y reduzca el poder de compra de los asalariados.

Llamativamente, los contendientes y sus asesores parecen no atender a la realidad: hace siete años, tras el estallido de la crisis internacional, el dólar tomó un camino alcista del que ya no pudo escapar y que por momentos profundizó, en especial cuando la pérdida de reservas, el desequilibrio fiscal y el estancamiento económico alentaron especulaciones en la City. 

Podría decirse que unos piden que suceda lo que ya sucede (la devaluación del peso) y otros advierten sobre el peligro de que ocurra lo que en efecto ocurre, aunque por momentos lo olvidan.

El gráfico permite observar un dólar oficial que entre 2003 y 2008 se negoció en torno de los 3 pesos y que luego, en un período similar de tiempo, triplicó su valor:


En una primera aproximación, resulta sorprendente que el debate mediático derroche tinta en la moneda cuando, de hecho, hay una marcada devaluación en curso.

Una mirada más atenta obliga a interpretar ambas posturas:

Quienes llaman a devaluar desde una óptica conservadora, en realidad pretenden un salto abrupto del tipo de cambio en beneficio del capital y en perjuicio del trabajo.

Esperan que los salarios medidos en dólares bajen de inmediato, que las empresas mejoren sus márgenes de ganancia en el corto plazo gracias a la suba de precios y que aumente la riqueza de quienes poseen activos en el exterior y de las compañías que exportan sus productos.

Poco o nada dicen de los efectos no deseados en el bolsillo de los trabajadores…

En la otra orilla, también reina el “mejor no hablar de ciertas cosas”Cuando se vincula la suba del dólar únicamente con el juego oscuro de los especuladores, se pasan por alto las fallas estructurales que impulsan la demanda genuina de “verdes” y, a la vez, facilitan los ataques.

Un ejemplo es la política de desendeudamiento que implementó el Gobierno. En un primer momento, resultó acertada, pero luego se convirtió en un mandamiento que limó las reservas internacionales y generó un terreno fértil para las especulaciones con el dólar.

Quien tiene 50 y debe pagar 100 en dos cuotas, no puede destinar todos sus ahorros a pagar la primera cuota porque se tornará un deudor sin fondos y, por lo tanto, sin cintura para sortear los embates del capital financiero, que buscará provocar una corrida cambiaria (devaluación) para luego comprar los activos locales a precios de remate.  

Demonizar la emisión de bonos en dólares y saldar vencimientos preferentemente con reservas implica desconocer que hay distintas maneras de endeudarse. No es lo mismo tomar dinero para financiar gastos corrientes y disimular una mala administración que hacerlo para crecer y generar recursos.

Mientras que en los ’90 se tomaron prestadas divisas para cubrir el déficit comercial derivado de la sobrevaluación del peso y pagar los crecientes intereses de esa misma deuda, las últimas colocaciones internacionales de bonos de YPF, controlada por el Estado, nos hablan de emisiones pensadas para engrosar las reservas y, a la vez, incrementar la producción nacional de hidrocarburos.

Encerrada en su laberinto, la demonización del endeudamiento terminó debilitando las defensas y forzando en los últimos meses un giro en el discurso de algunos funcionarios que -imaginamos- se extenderá durante el próximo gobierno, probablemente sciolista/kirchnerista. Un mes después de nuestro artículo “BONAR 24: ¿Se terminó el ciclo del desendeudamiento?”,  el presidente del Banco Central, Alejandro Vanoli, tomó la posta y afirmó que “la etapa del desendeudamiento en la Argentina tocó un piso”.

Creemos que devaluar o no devaluar no es la única cuestión a resolver. Ni siquiera es la más urgente en un mundo que no logra escapar de la crisis y amenaza constantemente con estallar. Puede que no sea sencillo alimentar las reservas y reducir el déficit fiscal, pero es tan importante como seguir fomentando el desarrollo de la industria y la creación de empleo.

EL RECUERDO DE JULIO NUDLER

Lo cierto es que el debate sobre la necesidad de devaluar la moneda no es nuevo. Se planteaba, tal vez con mayor dramatismo, cuando el menemismo llegaba a su fin y la Alianza asomaba con fuerza.

Para repensar las posturas que hoy se asumen de antemano y abrirse a una discusión sincera, traigo al presente una nota de mi padre, Julio Nudler, quien nos dejó su legado hace exactamente diez años.

En este 27 de julio quiero evocar su figura como maestro de periodistas y regalarle un mimo a pesar de la distancia infinita.

La nota es de agosto del ‘99 y anticipaba una discusión que recorrió los pasillos del Ministerio de Economía del gobierno de la Alianza. Finalmente, aquellas voces fueron acalladas por intereses políticos y económicos y no hubo lugar para una salida ordenada de la Convertibilidad.

El escenario era otro. Por entonces, los desequilibrios no se cubrían con una mayor emisión de pesos sino con gigantescas colocaciones de deuda en moneda extranjera. No aumentaban los precios, aunque sí la dependencia.

Va la nota y, más abajo, un bonus track imperdible:


PÁJAROS DE MAL AGÜERO, por Julio Nudler

Desde hace casi cinco años almuerzan jueves por medio. El plato central es siempre el mismo: devaluación con fritas o puré, a veces a la coreana, otras a la rusa, y más recientemente a la brasileña. Sueñan con el día en que su apetecido manjar les sea servido alla argentina, aunque no concuerdan sobre todos los ingredientes de la receta ni el chef más idóneo para prepararla. Los conjurados son nueve. Dicen que predican la devaluación por afán de verdad y amor a la patria, pero hay gente que los mira como a pájaros de mal agüero. Se llaman Héctor Valle (desarrollismo y Frepaso), Eduardo Conesa (ex Fuerza Republicana), Eduardo Curia (justicialismo), Daniel Pérez Enri (UCR), Roberto Favelevic (UIA), etcétera. Juan José Guaresti (nieto), director del Banco Central entre 1983 y 1985 por decisión de Raúl Alfonsín, conservador de tinte nacionalista, oficia de anfitrión en su viejo estudio de la calle Tucumán, donde cuelga una panoplia por encima de la boiserie, como presagiando guerra. Los miembros de esta cruzada sienten que, por decir la verdad que otros callan, se los condena al ostracismo. Dicen saber que la verdad a menudo devora a quienes la levantan. Lo sintió en carne propia el aristócrata Winston Churchill, quien por haber denunciado, aun antes del Tercer Reich, que Hitler era el gran peligro para Europa, fue gradualmente apartado de la sociedad inglesa. El comienzo de la guerra lo salvó de la ruina, porque lo habían convertido en un paria. De todas formas, los pertinaces miembros del llamado Encuentro de Economistas Argentinos no se sienten tan solos en el mundo. Citan por ejemplo a los economistas Jeffrey Sachs y Paul Samuelson, ambos de posición contraria a la convertibilidad y al tipo de cambio fijo, y hasta un escrito de Robert Rubin, secretario del Tesoro estadounidense, en el que hace años indicó que el peso estaba sobrevaluado y esto le ocasionaría toda suerte de problemas a la Argentina. Del pensamiento vivo de los devaluacionistas pueden espigarse las siguientes convicciones.

* La devaluación es inevitable. Y hay sólo dos clases de devaluación: la que hacen los gobiernos y las que impone el mercado.

* En la Argentina hubo dos devaluaciones exitosas, hechas por el gobierno: la de Krieger Vasena en 1967 y la de Sourrouille en 1985. Al día siguiente el país respiró y ese aire le alcanzó por cierto tiempo. Hubo también devaluaciones fracasadas, como la de Federico Pinedo en 1962. Al día siguiente lo echaron. Lo único que había hecho era devaluar, sin haber preparado otro conjunto de medidas.

* Las devaluaciones decididas por los mercados nunca son exitosas, porque los mercados deciden normalmente a expensas de los pueblos.

* Las devaluaciones no deben improvisarse ni son para improvisados. Un gobierno serio, firme, capaz, puede organizar una devaluación con bajo costo. Algún costo siempre habrá: no hay devaluaciones gratuitas. Pero por el camino actual, la Argentina no tiene salida.

* El país está en crisis por la sobrevaluación del peso. Los dos principios básicos de una buena economía son una moneda correctamente valuada y un presupuesto estatal en equilibrio. Si hay algún desequilibrio, que sea para obras y no para ñoquis.

* Cada día hay más deuda, más intereses a pagar y más déficit fiscal. En el 2000 la Argentina tiene que juntar 24.000 millones de dólares. Con sobrevaluación cambiaria no pueden aumentarse las exportaciones ni reducirse la desocupación. Esta paridad convierte al desempleo y la caída de empresas en estructurales. El Estado, en vez de emitir moneda, emite deuda, externa sobre todo. Este es otro de los morbos provocados por la sobrevaluación.

* La economía argentina no es improductiva. El agro soporta altas tasas de interés y peajes que son exacciones legalizadas, y aun así compite con la producción de países que subsidian al campo. La Argentina prefiere, al sobrevaluar el peso, subsidiar al productor extranjero.

* Alemania, después de la Segunda Guerra Mundial, empezó con un marco infravaluado. Lo mismo ocurrió con Japón y posteriormente con Corea. Para lanzar a la Argentina a exportar no basta con eliminar la sobrevaluación cambiaria. El peso debería estar subvaluado.

* Los que afirman que una devaluación provocaría un aumento equivalente de los precios, por lo que resultaría inútil además de desastrosa, no leen los diarios desde hace años. Inglaterra devaluó la libra en 1992, y también fueron devaluados el franco francés, la corona sueca, la peseta, el won coreano y el real. En ninguno de esos casos hubo una estampida de precios. En la Argentina hay un tremendo margen de capacidad ociosa. Ante una devaluación, lo más probable es que haya sólo un pequeño reacomodamiento de precios, como sucedió este año en Brasil.

* Al problema de los endeudados en dólares habrá que darle alguna solución política, aunque hay que admitir que la devaluación causará algún dolor. Pero es preciso que anticiparse a un dolor futuro que será mayor. El camino del desajuste cambiario no lleva a ninguna parte.

* Al haber atado el peso al dólar, la Argentina renunció a su soberanía cambiaria. Pero todos los países del mundo, salvo éste, Hong Kong, Bulgaria, Panamá, Sierra Leona, Monrovia y otros pocos y no significativos, preservan la facultad de modificar su paridad de acuerdo a las necesidades de sus economías. Fue razonable atar el peso en 1991, tras la hiperinflación, pero sólo como un recurso temporario.

* Los encuentristas sienten desconfianza hacia la globalización y el liberalismo inculcado a los argentinos por universidades de países que no lo aplican. Salvo la Argentina, todos los países protegen su producción nacional. Aunque sea paradójico, hoy devaluar es nacionalista.

* Quizás exista el peligro de que la devaluación se convierta en una profecía autocumplida: tanto hablar de ella que al final no quede más remedio que devaluar. En ese momento, los devaluacionistas de la primera hora serán los chivos expiatorios. Pero el Encuentro no acepta ese mochuelo: la Argentina devaluará --o, más probablemente, la van a devaluar--, no porque lo haya predicado un pequeño club de economistas algo exóticos, sino por la fuerza de los hechos. Lula, ese líder brasileño supuestamente izquierdista que tiene tantos votos como todo el electorado argentino, decía en agosto del año pasado que el real estaba muy sobrevaluado. Cardoso lo negó, ganó las elecciones y poco después a Brasil lo devaluaron en un 40 por ciento, luego de haber perdido 40.000 millones de dólares. Todo por no devaluar cuando Lula lo dijo.

* Acá no hay ningún Lula. Ninguno de los mayores candidatos admite la devaluación. Pero eso es lo que dicen. Franklin Delano Roosevelt prometió a sus votantes que nunca haría entrar en guerra a Estados Unidos, pero ya en ese momento tenía resuelto declarar la guerra.

* Para el próximo presidente hay dos alternativas. Una es esperar que los hechos ocurran, y apechugar. La otra, tirarse a la pileta y devaluar. El que haga esto último puede terminar en la gloria o en el patíbulo, y más probablemente en éste.



BONUS TRACK

Dos entrevistas con definiciones de Julio Nudler sobre periodismo y política:



Algunas de las últimas notas de Julio Nudler que queremos recordar:

-         De títeres y titiriteros (La nota que Página/12 no quiso publicar. Para repasar la crónica de la censura, presione aquí)
-         Dulces negocios amargos (Monsanto)
-         Quién es el malo, quién el bueno (Eurnekian, AFIP y la Justicia)
-         Redrado dice que investigó a Macri (El caso Sevel)
-         Bergoglio no quiere misas (La Iglesia y las mineras)
-         Siembra sigue sembrando y Siembra oral (Estafas de la AFJP)